Los primeros días me costó bastante acostumbrarme: Ir por la Rambla era una tortura. Ir a la playa era una tortura. Buscar mesa en un bar era desquiciante. Sacar una foto del artista callejero era imposible. Las vacaciones eran más una carrera contra el tiempo en medio de los apretones de gente que buscaba lo mismo que yo sin conseguirlo jamás. ¿Qué podía tener de atractiva aquella locura? Hasta que un típico día reflexivo, de esos que siempre me arrinconan en un callejón depresivo, estalló en un cruce de peatones y me paré a observar esa estampida semejante a hormigas carnívoras en guerra (nunca he visto algo así, pero me vale, ok?): observando a la gente, tenía cierta gracia. Y mirando al cielo para comprobar que se estaba riendo como yo, encontré en realidad una pareja de ancianos, sentada en su terraza a esas horas de la noche, con un vino en una mesilla (pudo haber sido cerveza, o vodka, yo no veo a esa distancia), descojonándose de nosotros.
Los turistas somos la gran comedia, la única atracción para los habitantes de este monumento. No es el artista callejero el que nos entretiene, somos nosotros quienes, armados de ropas ridículas que no nos pondríamos el resto del año, apuntando costosos artilugios ‘tecno’ y peleando por la primera fila, hacemos las delicias de ese público de ángeles, jugadores de fútbol quietos, césares, bailarinas y osos Teddys…
lalalá... dijo:
Septiembre 2, 2007 a 9:23 pm
eso es cierto. en segovia, ciudad muy concurrida por turistas, la gente se hace la misma foto posando ante el acueducto del que no se verá más que un pilar porque es demasiado grande. dos amigos míos se dedican a ponerse a cada lado del turista que posa con alguna pose graciosa para “fastidiar” (en mi opinión mejorar) la foto. es muy gracioso verles
hacía mucho tiempo que no me pasaba por aquí celeste!!
un besete