Hace diez años, alguien colgó en el aula de morfología de la Facultad de Diseño un par de perspectivas “intuitivas”. Mi especialidad eran las perspectivas, herencia de mi paso por la escuela industrial, pero me quedé prendada de esa lámina por el trazo delicado y trascendente que tenía. Estaban erradas, por eso las llamé “intuituivas”, pero el error era solamente matemático, ya que tenían el don de hacernos ver exactamente lo que veía el dibujante. Cuando comenzó la clase y los profesores llamaron al autor de la lámina, conocí a quien hasta el día de hoy es mi mejor amiga, aparte de mi madre: Silvana.
Entonces yo era un bicho desprolijo y descuidado que aún tenía mañas de la formación de varones del colegio industrial, y despreciaba bastante esa especie de mariconería de las mujeres que consideraban “femenino” no pensar, no dudar, no rechazar, no ambicionar.
Tras meses de rondar a Sil, sus comentarios mordaces sobre el arte y sus preciosos trabajos entraron en mi vida gracias a un trabajo grupal para el cual fuimos elegidas. Y luego de una tarde de luz del color del melocotón en el comedor de mi casa, bocetando, escuchando bandas sonoras de los 80 y soñando con más y más, nos adoptamos mutuamente. Mi madre también la adoptó, maravillada de los dibujos al carboncillo que hizo de mi gato “Gringo”. Sí, Silvana era muy especial, muy diferente a las chicas sosas que conocía, y muy diferente a mí.
Porque Sil, que ahora vive en Barcelona, es una mente privilegiada. Matemática, pragmática, abstracta. Pone orden a mis ideas, las conecta, las enriquece. Traza sus dibujos con precisión. Poetiza con la teoría cuántica. Encuentra lógica en las ideas religiosas. No le interesa la política (una de las pocas razones por las que solemos discutir), ni los males de este mundo, cuya solución para ella está más allá, o incluso más cerca: dentro nuestro. Desea el amor, pero no por encima de su identidad. Jamás toma una decisión sin pensarla bien. Jamás es impulsiva. Desconfía del caudal de las emociones y me ha traído en la última visita un libro digno de ella ,”Inteligencia Social”, para arrancarme esa piel dura del sentimentalismo que no me dejaba moverme.
Cuando estoy en su compañía, soy mucho mejor. Salgo de ese espiral de mi ombligo, salgo de mí misma y esos estúpidos problemas cotidianos, que parecen, junto a ella, tan poco dignos de mi atención. Con ella siempre hay algo más importante que atender, por encima de nuestros instintos primitivos. Y eso… eso fué lo que ví desde ese día, en una lámina de morfología colgada en un aula magna, la trascendencia de los problemas minúsculos en búsqueda de la belleza totalitaria. Como esa frase que la refleja tan claramente: “Cuando un genio científico se encuentra con una fórmula, hace lo que todo el mundo, se la saltea!”
Silvana dijo:
Abril 13, 2007 a 3:10 pm
Te quiero